Mi primer cuento: Nicoleto y Campanella

No hace mucho tiempo yo vivía en un lugar perfecto. Allí crecían las más lindas flores, corría un arroyo turquesa y cristalino y siempre salía el sol. Pero lo más maravilloso de ese lugar era la dulce Campanella. Era hermosa y la más grácil bailarina que jamás hayáis contemplado. Yo la amaba pero de mi amor ella nada sabía.

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Un día Campanella subió a la colina de las siete rosas para practicar una de sus danzas. Mientras, yo trataba de pescar algo en el riachuelo que bajaba de la colina. Tras pasar un rato y ver que no pescaba nada, decidí subir para saludar a Campanella. Cuando llegué arriba, allí estaba ella, tan guapa como siempre, tan esbelta, tan danzarina. Sus armónicas y sinuosas piruetas parecían fundirla, como si de un solo ser se tratara, con la naturaleza que la rodeaba. Los pájaros, las mariposas y los árboles se integraban así de forma espontánea y perfecta en el baile de Campanella.

– ¡Ah! Estas ahí. –sonrió Campanella- ¿Te gusta mi baile?
– Sí. Lo haces muy bien – respondí, poniéndome colorado.
Campanella paró su baile y se acercó a mí. Empecé a ponerme muy nervioso. Nunca le había dicho lo mucho que me gustaba y ahora todo se haría evidente.
– ¿Sabes que nunca hemos hablado?
– Ya… Pero siempre te observaba. Nunca me he atrevido a… – Pero ¿Qué decía? Estaba hablando demasiado.
– ¿Sí? ¿A qué no te atrevías?
– A decirte… lo mucho que me importas.
– ¿Ah sí? Vaya… – Campanella sonrió y se acercó al árbol más próximo. Allí se paró y volvió su rostro hacia mí. Yo interpreté la mirada de Campanella como un ‘acércate’ y así lo hice
– ¿Y no me vas a dar una flor? – me preguntó.

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Yo no cabía en mí de felicidad. Sólo tenía que darle una flor y Campanella me daría su amor. Pero de repente mi júbilo se convirtió en decepción. Estábamos en la colina de las siete rosas, el lugar menos indicado para darle una flor, ya que nos estaba vedado a todo el pueblo coger las rosas de la colina. Solo había siete y en la colina se debían quedar.

– De esta colina no puedo darte ninguna flor. Pero baja conmigo al valle que te daré el ramo más hermoso.
– Pero esas flores las puede coger cualquiera. Yo quiero que me regales la que nadie puede coger. Será la más valiosa. Como el amor que me ofreces.
– Pero nunca nadie ha arrancado ninguna flor de esta colina. Piensa que es un tesoro de este pueblo: siete rosas que nunca mueren.
– Precisamente por eso, Nicoleto. Como debe ser nuestro amor. Una rosa fresca y bella que nunca morirá.
– Vale. Dime cual quieres y te la daré.
– Esa. La más grande y frondosa.

Los dos nos hincamos de rodillas. Yo me había convencido de que hacía lo correcto. Nuestro amor sería grande y digno de recibir aquel sacrificio de la colina. Además, todavía quedarían seis. Cogí un cuchillo de mi cinturón y corté la rosa que había pedido mi amada. Me incorporé, la miré a los ojos y le ofrecí aquel preciado tesoro. Ella me miró también a los ojos y quiso sujetar la rosa conmigo cuando empezamos a sentir un temblor repentino bajo nuestros pies. El temblor creció y creció hasta que se volvió atronador. Empezó a levantarse una nube de polvo a nuestro alrededor y cuando quisimos correr el suelo que pisábamos se resquebrajó y empezamos a caer y a caer y a caer, hasta que aterrizamos en un suelo de tablones de madera y oímos cerrarse una trampilla siete palmos por encima de nuestras cabezas.

– ¿Qué ha pasado? ¿Dónde estamos?

Campanella y yo estábamos aturdidos, doloridos por el golpe y asustados por el repentino acontecimiento. Nos estábamos dando la mano para ayudarnos a levantarnos cuando a lo lejos oímos una voz grave y fuerte que nos asustó y nos volvió a dejar tirados en el suelo.

Rocío

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